El interior de la camioneta blindada se transformó en una cámara de agonía asfixiante. El aire, saturado por el acre olor de la pólvora, el ozono de las granadas y el aroma metálico y pesado de la sangre, se sentía como plomo en los pulmones de Alexander. Sostenía a Marcus contra su pecho, con una desesperación que no entendía de tácticas ni de jerarquías. El veterano, el hombre que había sido su sombra, su escudo y su único hermano real en un mundo de parientes de sangre gélida, luchaba por cada bocanada de aire.—Mírame, Marcus. Quédate conmigo. Es una orden —rogó Alexander, su voz quebrándose en un registro que Sofía nunca le había escuchado. Era el ruego de un niño que se niega a soltar lo único que lo mantiene a salvo.Marcus intentó sonreír, un gesto heroico que solo logró que un hilo de sangre espesa corriera por la comisura de sus labios. Sus ojos, siempre vigilantes, siempre analizando el entorno en busca de amenazas, empezaron a nublarse, perdiendo el foco. Su mano, callosa
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