La ciudad de Nueva York posee una memoria selectiva y una capacidad asombrosa para devorar sus propias tragedias, convirtiéndolas en cicatrices de honor. Seis meses después de la reaparición pública de la familia Thorne-Lennox, el frenesí mediático que una vez amenazó con asfixiarlos se había transformado en un respeto distante, casi reverencial.
Ya no eran los "fantasmas de Manhattan"; eran ciudadanos de pleno derecho, aunque su cotidianidad seguía envuelta en ese aura de misterio que solo po