La casona en las afueras de Nueva York, una estructura señorial de piedra y madera noble abrazada por la niebla persistente del otoño, guardaba un silencio que no era de paz, sino de una ausencia ensordecedora. Los días posteriores al funeral de Marcus se deslizaron como sombras largas y pesadas sobre el suelo de roble encerado.
Faltaba el eco de las botas pesadas recorriendo el porche a las tres de la mañana, el sordo golpe del saco de boxeo en el sótano que servía como metrónomo de la seguri