El invierno neoyorquino de 2026 se despedía con una ventisca que golpeaba con furia los cristales reforzados de la sede central de Fénix Inc. Afuera, la ciudad era un sudario de blanco y gris, un recordatorio de que la naturaleza siempre reclama su espacio, incluso en la capital del mundo. Adentro, en el piso de seguridad y logística, la atmósfera era eléctrica, pero por razones muy distintas a las meteorológicas.Elena caminaba de un lado a otro frente a los monitores táctiles. Su vientre de nueve meses, prominente y pesado, dictaba un ritmo más lento que su voluntad de hierro, pero no por ello menos autoritario. Llevaba una mano apoyada en la zona lumbar, mientras que con la otra deslizaba informes de encriptación en la pantalla principal. Lorenzo, que se había convertido en su sombra protectora y en el jefe operativo de campo de la compañía, la observaba desde su escritorio con una mezcla de admiración y terror contenido.—Elena, basta —susurró Lorenzo, poniéndose en pie con la el
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