El brillo azul de las pantallas de Miller era la única luz que cortaba la penumbra de la finca Valenti. El silencio se rompió con un pitido estridente, un aviso de frecuencia de emergencia, como una especie de alarma, que hizo que el pulso de Elara saltara contra su garganta.— Lo tengo — gruñó Miller, sus dedos volando sobre el teclado — Es una transmisión directa a la Comisión. Nicolás ha abierto el canal.En la pantalla central, la imagen se estabilizó. No era el despacho de Nicolás, sino un sótano de hormigón frío. En el centro, atado a una silla metálica, Vincenzo De Luca parecía una sombra de lo que fue. Su rostro, un mapa de hematomas y sangre seca, colgaba inerte sobre su pecho.Nicolás Leone entró en el encuadre. Vestía un traje impecable, sin una mota de polvo, contrastando con la degradación del hombre a sus p
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