El pitido del tanque de oxígeno de Nicolás se transformó en un lamento largo y agónico. El aire, ese recurso que el dinero siempre le había garantizado, empezó a negársele. Sus pulmones, carcomidos por la enfermedad y el veneno del fracaso, colapsaron.Nicolás se llevó una mano al pecho, desgarrando la seda de su bata, mientras su rostro pasaba de un gris cenizo a un púrpura aterrador. Sus ojos, antes dos pozos de mando, se clavaron en la pantalla gigante que se encontraba en la sala médica que uno de los hombres acababa de encender.— Mira, Nicolás — susurró Dante, su voz fluyendo como lava fría mientras sostenía a Elara contra su pecho — El mundo está viendo cómo se quema tu trono.En la pantalla, un grupo de abogados de élite, los « Praetorian Legal », daban una rueda de prensa frente al Palacio de Justici
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