La noche previa a la audiencia, una sombra se cernió sobre la justicia de Miami.Mientras Iván y Alma dormían abrazados, la Jueza Davis conducía hacia su hogar por la carretera costera, y un sedán oscuro, con las luces apagadas, la embistió lateralmente en una intersección solitaria. El vehículo de la jueza derrapó, estrellándose contra una contención de hormigón.A pocos kilómetros de allí, en un ático de lujo, Lina Holland arrojó su teléfono contra la pared al recibir la noticia.— ¡Inútiles! — gritó Lina hacia la oscuridad — ¡Dije que la sacaran de circulación, no que le dieran un susto!La jueza Davis había sobrevivido.Gracias a la seguridad de su auto, solo presentaba heridas superficiales, hematomas por el cinturón y un tobillo torcido que la obligaría a guardar reposo absoluto durante cuarenta y ocho horas.No era suficiente para eliminarla del caso, pero sí para forzar su reemplazo en la audiencia de emergencia de la mañana siguiente. Peter Stone, con su red de contactos, ya
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