El espejo de la suite principal devolvía una imagen que Alma apenas podía reconocer como propia.Llevaba un vestido de seda líquida en color azul medianoche, una pieza de alta costura que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, sus hombros estaban descubiertos, y en su cuello descansaba una gargantilla de zafiros que Iván le había entregado minutos antes con una frialdad mecánica.— Las joyas son un préstamo de la caja fuerte de la familia — le había dicho él más temprano cuando se la dio, sin mirarla a los ojos — Úsalas como una armadura, que nadie te recuerde de dónde vienes, ahora, tú eres mi prometida.A la chica le dolieron sus palabras, no se avergonzaba de sus orígenes, pero ahora tenía que hacerlos de lado por las apariencias, y eso la hacía sentir, en parte, traidora, a sí misma, y a los suyos.Alma se retocó el carmín en los labios, sintiendo que aquel color rojo era el único rastro de sangre caliente en un cuerpo que se sentía congelado por el miedo, afuera, en el v
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