La noche previa a la audiencia, una sombra se cernió sobre la justicia de Miami.
Mientras Iván y Alma dormían abrazados, la Jueza Davis conducía hacia su hogar por la carretera costera, y un sedán oscuro, con las luces apagadas, la embistió lateralmente en una intersección solitaria. El vehículo de la jueza derrapó, estrellándose contra una contención de hormigón.
A pocos kilómetros de allí, en un ático de lujo, Lina Holland arrojó su teléfono contra la pared al recibir la noticia.
— ¡Inútiles!