El amanecer filtró sus rayos grises por la ventana de mi habitación, iluminando el collar de diamantes que yacía sobre el tocador, envuelto en seda negra. Lo había llevado a la habitación de Lila la noche anterior, pero ella no lo había tocado aún —tal vez esperaba que lo entregara con reverencia, como en mi vida pasada, cuando lo agarré con uñas apretadas, negándome a dejarlo ir. Ahora, lo veía como un objeto sin alma, un símbolo de un honor que nunca quise.Bajé a la cocina, donde el aroma de café recién hecho se mezclaba con el de panecillos de canela —Lila’s favoritos. Noah estaba al lado de la estufa, revolviendo una olla de crema de mango, mientras Elias leía un periódico en la mesa. Cuando me vieron entrar, se callaron.—Elara —dijo Noah, con una sonrisa forzada—, ven, prueba un panecillo. Lila lo pidió especialmente, pero hay sobras.Sabía que no eran sobras: era una migaja que me tiraban para hacerme sentir incluida. En mi vida pasada, hubiera aceptado con gratitud, pero ahor
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