La luna aún brillaba cuando regresé a mi habitación, las palabras de mi abuela resonando en mi cabeza como un eco que no desaparecía. ¿Verdad? ¿Maldición? Durante diez vidas, había creído que mi sufrimiento era producto de la envidia de Elena, de la indiferencia de Diego, de la debilidad de mis padres. Pero tal vez había algo más, algo enterrado bajo las raíces de las rosas marchitas, bajo los suelos de mármol de la mansión Castellanos. Me acosté en la cama, mirando el techo, y decidí: esta vez, no moriría sin saber la verdad.Al día siguiente, antes de que alguien me llevara a la institución, me levanté temprano y bajé al sótano. La oscuridad era densa, pero llevaba una linterna que había robado de la cocina. El olor a humedad y a madera podrida llenaba el aire. Recorrí los pasillos, buscando algo, algo que me revelara la verdad. En un rincón oscuro, encontré una caja de madera vieja, tapada con tierra y arañas. La abrí con cuidado. Dentro había cartas, fotos y documentos amarillento
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