El sol abrasador del desierto mexicano golpeaba contra la ventana del camión, mientras nos dirigíamos hacia un campamento de desplazados en la frontera. Había regresado a América Latina para supervisar la apertura de una nueva sede del Centro Lirio de la Esperanza, y junto a mí iba Mateo —ya integrado a nuestro equipo, su rostro marcado por el arrepentimiento y la determinación. John había quedado en Zúrich para coordinar las operaciones europeas, pero su voz resonaba en mis llamadas diarias, u