Después de la boda de Sofía y Ignacio en Valencia, el otoño llegó con sus hojas amarillas y rojas, bañando la ciudad en un resplandor cálido que contrastaba con la fría realidad de los secretos que seguían latentes. Sofía pasaba sus días entre la mansión Herrera, donde ayudaba a organizar proyectos sociales, y las visitas a la base militar, donde Ignacio trabajaba en el Grupo de Operaciones Especiales. Aunque la vida con Ignacio era tranquila y respetuosa, el recuerdo de Diego Márquez no abandonaba su mente: cada vez que veía un uniforme de comandante, cada vez que escuchaba el ruido de un helicóptero, volvían los recuerdos de Burgos, de la sala ancestral, de la carta Muerte que había cambiado su destino.Ignacio notaba la distancia en Sofía, pero nunca lo mencionaba directamente. Un día, mientras caminaban por el jardín de naranjos, le dijo: “Sofía, sé que todavía piensas en él. Pero te pido que te des una oportunidad a nosotros, a esta vida.” Sofía asintió, abrazándolo: “Lo sé, Igna
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