El amanecer filtró sus rayos grises por la ventana de mi habitación, iluminando el collar de diamantes que yacía sobre el tocador, envuelto en seda negra. Lo había llevado a la habitación de Lila la noche anterior, pero ella no lo había tocado aún —tal vez esperaba que lo entregara con reverencia, como en mi vida pasada, cuando lo agarré con uñas apretadas, negándome a dejarlo ir. Ahora, lo veía como un objeto sin alma, un símbolo de un honor que nunca quise.
Bajé a la cocina, donde el aroma de