El avión tocó tierra en Zúrich con un temblor suave, y el aire fresco, cargado de olor a nieve y café, llenó mis pulmones. Era un aire diferente al de Nueva York —limpio, sin el regusto de sangre y miedo que había llevado durante veinte años. Saqué mi maleta y salí del aeropuerto, donde un hombre de pelo gris, con una placa que llevaba mi nombre, me esperaba.
—Soy Dr. Reinhardt —dijo, estrechándome la mano—. Bienvenida al proyecto Amanecer Médico. Tu alojamiento está listo, y el laboratorio te