El vuelo regresó a Zúrich en medio de una tormenta de nieve. Las luces del aeropuerto se veían borrosas a través del vidrio, y el frío penetró hasta los huesos cuando salí del terminal. Reinhardt me esperaba en el coche, su rostro serio.
—Has recibido la llamada —dijo, sin saludar.
Asentí. La policía suiza había confirmado que la agresión a la tumba de mis padres adoptivos había sido obra de hombres de Elias. Pero también habían encontrado huellas de otro grupo —un grupo desconocido, con conexi