El invierno volvió a azotar Valencia con vientos fríos que se colaban por las ventanas de la mansión Herrera, donde Sofía cuidaba de Leo, su hijo de seis meses, cuyo llanto llenaba las habitaciones con una energía que alejaba las sombras del pasado. Ignacio llegaba cada tarde de la base, sus brazos abiertos para abrazar a su familia, y aunque Sofía le correspondía con ternura, el recuerdo de Diego seguía presente, como un eco suave en su mente. Un día, mientras leía a Leo un cuento sobre un cab