El vuelo a Valencia despegó bajo un cielo nublado, y Sofía López miró por la ventana mientras la base de Burgos se alejaba, reduciéndose a un punto pequeño en el paisaje helado. El ruido del motor ahogó sus pensamientos, pero el recuerdo de Diego Márquez seguía presente, como un eco en su mente: su voz rota al decir “Anúncialo”, su mano temblorosa al cambiar la carta Bendecida por la Muerte, las heridas en su espalda cubiertas de vendas. A su lado, su madre, Clara, agarraba su mano con ternura: “Todo pasará, hija. Ignacio te dará la tranquilidad que necesitas.” Sofía asintió, pero sabía que la tranquilidad era un lujo que no podría alcanzar fácilmente, mientras el secreto de Diego seguiera latente en su corazón.Al llegar al aeropuerto de Valencia, Ignacio Herrera estaba esperando, vestido con un uniforme de oficial de élite, su figura alta y erguida, sus ojos cálidos y serenos. “Bienvenida a Valencia, Sofía”, dijo, extendiendo la mano. “Es un placer conocerte en persona.” Sofía estre
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