Al día siguiente, Mar se levantó temprano. El sol entraba por la ventana del salón, iluminando las esquinas oscuras del apartamento y haciendo que los recuerdos de Ignacio se le parecieran menos amenazantes. Se lavó la cara, se peinó el pelo y se puso una blusa cómoda y un pantalón amplio. Luego, cogió el reporte del ultrasonido, su cartera y las llaves, y salió de casa.No sabía adónde ir, pero sabía que tenía que hacer algo. Caminó por las calles de Asunción, donde la gente iba y venía con prisa, donde los coches hacían ruido y los comercios abrían sus puertas. Pasó por el supermercado donde trabajaba —el mismo donde había hecho doble turno durante meses— y decidió entrar. Su jefa, Doña Rosa, una mujer mayor con sonrisa amable, la vio y se acercó de inmediato.—Mar, mija! ¿Cómo estás? No viniste ayer, te estaba preocupando —dijo, con la voz llena de cariño.Mar se le quedó mirando, y las lágrimas le volvieron a llenar los ojos. Le contó todo: el descubrimiento en el hospital, la sal
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