Desperté con Martina llorando —ya va un año y medio, y le da miedo la oscuridad. La cogo en mis brazos y la acaricio, susurrándole al oído: "Tranquila, mi amor, mamá está aquí. Nadie te hará daño." Mientras lo hago, pienso en Valeria: seguro que Lucas nunca llora de miedo, porque tiene a papá y mamá juntos, en una casa grande y caliente.Me levanto y me preparo el café —el mismo que hago todos los días, barato y amargo, igual que mi vida. Martina se sienta en su silla pequeña y empieza a comer pan con queso, ensuciándose todo el delantal que me hizo una amiga del café.—¡Mamá! ¡Pan! —grita ella, sonriendo con la boca llena.Esa sonrisa es lo único que me hace feliz. Lo único que me hace olvidar, aunque sea por unos segundos, la traición, el abandono, el odio.—Sí, mi amor, pan —digo, sonriendo de vuelta.— Comé mucho para crecer fuerte.Esa mañana, voy al café a trabajar. Es un lugar pequeño, en el centro de la ciudad, con mesas de madera y música de los años 90. La dueña, Rosa, es una
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