Cinco semanas después de mudarse a la casa de Valeria, Mar ya se sentía como en su propio hogar. El cuarto pequeño se había llenado de detalles que la hacían sentir a salvo: una manta nueva de colores amarillos y naranjas que le había regalado Valeria, un cuadro con una pintura de un pájaro volando que había comprado en una feria de artesanías, y en la mesita de noche, el ultrasonido enmarcado —ya no era un papel de dolor, sino un símbolo de esperanza.
Los días eran intensos pero llenos de prop