Seis meses después de que Joaquín le pidiera que compartiera su vida, Mar se sentía más feliz que nunca. Ángel tenía siete meses, y estaba empezando a gatear por toda la casa —siempre con sus ojos brillantes, buscando cosas para tocar y sonreír. Joaquín había mudado sus cosas a la casa de Valeria —que ahora era casa de todos— y habían arreglado la habitación principal para los tres: había una cuna a lado de la cama de Mar y Joaquín, y paredes pintadas de color azul celeste con dibujos de pájaro