Las manos me temblaban. La última vez que me llamaron de esa forma, mi padre necesitó una cirugía de emergencia por un coágulo en su pierna. No quería más cirugías de emergencias, no más sorpresas, ni ese horrible miedo de pensar que podría perderlo. Ya era suficiente con las que tenían planificada para él por los próximos dos meses para recuperar la movilidad de sus piernas. Mis pasos eran rápidos al entrar al hospital, con Connor detrás de mí, pisándome los salones con sus grandes zancadas. —No camines tan rápido, Catrina, te puedes caer —dijo detrás de mí, pero lo ignoré. Me planté frente a la recepcionista, quién se asustó por mi repentina presencia. —Wilfredo Castillo. Me llamaron del hospital —hablé atareada, mirando a todos lados. —Señora Ronchester, su padre está estable en estos momentos, no se preocupe. El doctor le explicará mejor —respondió la mujer lentamente, intentando trasmitir su calma, pero en estos momentos, no podía.—No entiendo… ¡Me llamaron por una emerge
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