Sus palabras, sus labios, el hormigueo que me recorría la espalda, el vientre. Todo se sentía tan surrealista. Aún jadeando, separé mis labios de los suyos, quienes aún me buscaban. Mi pecho subía y bajaba a una velocidad anormal. Por un segundo, olvidé donde estábamos, lo que hacíamos, quienes fuimos. Sus ojos me miraban con tal intensidad que me derretía. ¿Por qué me miraba así? ¿Por qué parecía como si me quisiera consumirme? Estaba mal. Tan mal. Me había dicho a mí misma que me olvidaría de este hombre, que no dejaría que me engatusara otra vez, volver a caer en su trampa. O mejor dicho, que mi corazón cayera de nuevo. Y aquí estaba de nuevo, dejándome llevar. Pero por más que estemos en dos lados opuestos de la balanza, buscando el equilibrio en nuestra convivencia, teníamos un objetivo en común. Cuidar al bebé, protegerlo. Y sé, que al menos en eso, podía confiar ciegamente en él. Aunque… Sus palabras no se iban de mi cabeza. Era como si no buscará solo al bebé, sin
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