Las arcadas se detuvieron cuando mi estómago quedó vacío, pero el malestar continuaba, como si ese órgano en específico quisiera salirse de mi cuerpo.
¿Cómo una criatura tan pequeña podía causar tantos estragos en un cuerpo femenino?
El hombre frente a mí se arrodilló sin decir una palabra, sus ojos fijos en los míos, ignorando a los presentes. Pasó un pañuelo por mis labios, con más delicadeza de la que pensé podría usar un hombre de su tamaño.
—¿Cómo te sientes? —preguntó por fin.
Aún sentía la acidez en el estómago y el escozor en la garganta, la cabeza me dolía y daba vueltas.
—Bien —Mentí.
—Mentirosa —dijo, levantando las comisuras de sus labios, como si me conociera como la palma de su mano.
Antes de que pudiera protestar o intentar levantarme por mí misma, sus brazos se deslizaron bajo mis rodillas y mi espalda. Me levantó como si no pesara más que una pluma, contra su pecho.
Las exclamaciones de asombro no tardaron en hacerse llegar.
Yo estaba demasiado débil, demasia