Debí horrorizarme, gritar, escapar, pero mis ojos no se apartaban de aquel hombre, de su mano moviéndose a lo largo de su falo grueso, marcado por venas.
No sabía si era por el tiempo, por la necesidad o por lo mucho que llevaba sin compartir mi calor con otra persona, pero… se veía más grande. Y eso que el Connor de hace diez años ya estaba muy bien dotado.
En realidad, físicamente cambió mucho. Su cuerpo, que siempre ha sido atractivo, tomó un matiz más maduro, más fuerte y marcado.
Los treintañeros eran un pecado.
Sus gruñidos se hicieron cada vez más fuertes, más urgentes, su mano moviéndose más rápido.
No podía respirar, el corazón me martilleaba las costillas al ver mi ropa interior siendo apretada contra su visibilidad. La misma que yo llevaba puesta el día de hoy.
Un calor intenso y vergonzoso se extendió por mi vientre bajo, logrando que mi pequeño capullo palpitara. Sin ropa interior era más fácil distinguir la humedad que comenzaba a formarse en mi zona íntima. M