No sé cómo me quedé dormida, en medio de los forcejeos, las lágrimas y la culpa, pero lo logré. Al amanecer, la lluvia azotando la ventana, me desperté. El recuerdo de aquella noche me revolvió la mente, cuando corrí por las calles, con la lluvia calándome los huesos y el corazón a punto de salirse de mi pecho, escapando del agente de migración. Siempre que llovía; mañana, tarde, noche, Ese día venía a mi mente. Intenté cambiarme de posición, pero el calor que me envolvía era tan atrayente que me derretía. Estaba sobre un bloque duro. O eso creí. Al bajar la mirada, me encontré con Connor, debajo de mí. Su pecho, que subía y bajaba a un ritmo pausado, estaba contra mi mejilla. Su olor masculino invadió mis fosas nasales. El mismo olor de hace diez años. Me encontré a mí misma inhalando profundamente. «Qué estás haciendo? ¿Acostumbrándote a la jaula y su carcelero», me recriminé. Con movimientos lentísimos, como si desactivara una bomba, intenté deslizar mi brazo lejos
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