Isabella decidió colocarse algo de ropa y se vistió a toda prisa, con el corazón martilleando contra sus costillas. Eligió un vestido floreado de tirantes que le bajaba un poco más de los tobillos, una prenda sencilla que de alguna manera la hacía sentir más protegida. Se puso un abrigo ligero por encima y se calzó unas sandalias planas. Recordó, con una punzada de ternura, cómo Leo se había encargado de advertirle mil veces sobre los daños que podía causar usar tacones durante el embarazo.Leo se preocupaba por ella mucho más que cualquier otra persona que hubiera conocido. En la última semana, no solo había leído montones de reportes médicos para orientarse sobre la enfermedad de su padre, Leonard, buscando cirugías o tratamientos experimentales; también sacaba tiempo para velar por la salud de Isabella y la del bebé. Era, sin duda, el mejor hombre que podía tener en su vida, un caballero que, a pesar de sus propias tormentas, intentaba ser su refugio.Sin embargo, al salir de la ha
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