Isabella se despertó en la cama del hospital horas después de haberse desvanecido en aquel frío parqueo del edificio donde vivía con **Leo Peterson**. Lo primero que sintió fue una calidez conocida y reconfortante: la mano de Leo apretando la suya con una fuerza contenida, como si temiera que, al soltarla, ella pudiera desvanecerse de nuevo. Parpadeó con pesadez, luchando contra la bruma de los analgésicos que, imaginaba, le habían administrado para frenar el desgarro que sintió en su vientre bajo. Solo recordaba un dolor punzante, un grito ahogado y la oscuridad reclamándola mientras el mundo se volvía borroso. Instintivamente, llevó su mano libre hacia su abdomen, buscando desesperadamente una señal de vida, un rastro de que su bebé seguía ahí.—Hola, princesa —escuchó la voz de Leo. Se inclinó sobre ella y depositó un beso tierno en su frente—. Me diste un susto de muerte, Isabella.—¿Qué sucedió? ¿Está bien el bebé? —El miedo la golpeó de lleno y las lágrimas no tardaron en asomar
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