Leo Peterson la vio de pie en la entrada de la capilla y sintió que el mundo, tal como lo conocía, se resquebrajaba. Su corazón, ese motor de decisiones frías y cálculos precisos, comenzó a intentar escapar de su pecho para ir a buscarla, para envolverla y no soltarla jamás. Isabella estaba simplemente hermosa con su vestido de bodas. No era solo la seda o el velo; era la luz que emanaba, una mezcla de fragilidad y fuerza que lo desarmaba por completo. En ese preciso instante, mientras el sol de Grecia bañaba el umbral, Leo estuvo seguro de que había escogido a la mejor persona para que fuese su esposa, aunque el origen de todo fuera aquella farsa necesaria para el legado del abuelo Leonard.Sin embargo, el camino hacia ese altar había sido un campo de minas. Sus padres habían enloquecido cuando, en aquella cena tensa, supieron que ella estaba embarazada de otro hombre. Para Leo, contra todo pronóstico social, aquello no era relevante. Incluso sabiendo que su unión no era más que un m
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