Massimo se sirvió un trago y salió al jardín a tratar de pensar o relajarse un momento; Diana, al ver su estado, no dijo nada, simplemente decidió darle su espacio.Cuando unió su vida a él, estaba claro que la vida de Massimo era un caos, y, aun así, ella lo aceptó; sabía que no iba a ser fácil, no lo era, pero así lo eligió. Aun con ello, en ocasiones sentía que prefería no emitir comentarios, ver cómo el hombre al que amaba se perdía en los problemas de sus hijos adultos; le dolía, pero sin más remedio, lo aceptaba.—Padre, ¿qué haces aquí fuera?—Maurizio… Hijo, ¿cómo estás? —preguntó señalando una silla al lado de él.—Bien, regresando de ir a hacer una tarea, ¿qué sucede? ¿Por qué estás aquí fuera?—No sabes cuánto me alegra que hayas podido regresar a la escuela.—Aún me cuesta, pero mis compañeros son buenos y me han ayudado a ponerme al corriente.—¿De verdad?—Eso y les debo algunas muestras de nuestro mejor vino.—¡Maurizio!—¿Qué, papá? Solo estoy negociando, una cosa por o
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