Respiré hondo cuando el abogado dejó los documentos sobre la mesa y los deslizó lentamente hacia mí.Las hojas pesaban más que cualquier maleta que hubiera cargado en mi vida.Mis dedos temblaron al rozarlas y una pena espesa se me instaló en el pecho, como si el aire se hubiera vuelto demasiado denso para entrar.Recordé, sin querer, todas esas veces en que Alberto me hizo creer que apenas alcanzábamos para sobrevivir.Yo trabajaba turnos interminables, aceptaba humillaciones, ahorraba hasta el último centavo, mientras él guardaba su fortuna como un secreto sucio.Me ardieron los ojos. No por él, sino por la mujer ingenua que fui, por los años que regalé a un hombre que nunca me valoró.—Aquí está todo, señora Fuenmayor —dijo el abogado con tono solemne.Asentí sin mirarlo. Sentía que cada documento era una prueba de su traición, pero también una tabla de salvación para mis hijas.Al salir de la habitación, me acerqué a la enfermera con el corazón apretado.—¿Cuánto tiempo le queda?
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