62. No era un Duarte
Marisol LopezTragué saliva cuando lo vi venir hacia mí. Llevaba un bañador rojo que le quedaba peligrosamente bien, una playera blanca pegada al pecho —marcada por la humedad del mar— y unas sandalias negras que parecían un detalle menor, pero en él todo tenía una presencia diferente. Y su sonrisa... esa sonrisa. Era como una caricia directa al corazón, suave, pero capaz de desarmarme sin esfuerzo.Estábamos en la playa, detrás de la mansión, cuando Sara propuso hacer una fogata y asar malvaviscos bajo las estrellas. Yo estaba a punto de ofrecerme para ayudarla con las cosas, pero Erik habló primero. Con esa seguridad tan suya, sugirió que Sara y Ernesto fueran por lo necesario, mientras Ciro y Karla terminaban su paseo a caballo. Y entonces… me miró. “Quédate conmigo, para no quedarme solo,” dijo. No lo preguntó, lo dijo.Su voz me atrapó como un lazo invisible. Extendió la mano, esperando. Yo titubeé un segundo, porque mi impulso era seguir a Sara, pero mis pies no se movieron. ¿C
Ler mais