62. No era un Duarte
Marisol Lopez
Tragué saliva cuando lo vi venir hacia mí. Llevaba un bañador rojo que le quedaba peligrosamente bien, una playera blanca pegada al pecho —marcada por la humedad del mar— y unas sandalias negras que parecían un detalle menor, pero en él todo tenía una presencia diferente. Y su sonrisa... esa sonrisa. Era como una caricia directa al corazón, suave, pero capaz de desarmarme sin esfuerzo.
Estábamos en la playa, detrás de la mansión, cuando Sara propuso hacer una fogata y asar malvavi