Emma había pasado el mejor fin de semana junto a Damián. Dos días en los que, por primera vez en mucho tiempo, lograron olvidarse de las responsabilidades que últimamente los tenían hasta el cuello. Dos días en los que solo existieron ellos, el mar, el sonido del agua golpeando suavemente el crucero y esa sensación extraña, casi nueva, de poder respirar sin estar esperando el siguiente golpe. Habían descansado, se habían reído, se habían amado y también habían sobrevivido, literalmente, a su propuesta de matrimonio más desastrosa. Porque, claro, en la mente de Emma esconder un anillo dentro del corazón líquido de un moelleux de chocolate y frambuesa era una idea perfecta y romántica. En la realidad, casi mandaba a Damián al otro mundo antes de llegar a la segunda boda. Un romántico desastre. Uno que, seguramente, no podrían contarl
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