No los volveré a abandonar.
El cuerpo de Damián dolía como el infierno.
Cada respiración parecía arrastrarle fuego por las costillas. Los golpes de Caleb lo habían dejado sin aire, con el abdomen ardiendo y la mandíbula apretada para no darle al miserable el gusto de escucharlo quebrarse.
Pero ninguno de esos golpes le dolía más que ver a Emma de aquella manera.
Estaba atada, pálida, con el rostro lleno de preocupación y la mirada perdida e