Antes de que Caleb alcanzara a convertir aquella sospecha en una frase completa, Emma dejó el bolígrafo sobre el escritorio y lo miró sin expresión. Porque si se permitía una sola grieta, si dejaba que el asco, la decepción o la rabia asomaran apenas un poco, Caleb podría leer demasiado. Y Emma ya no podía permitirse errores así. —Caleb, no te molestes en darle vueltas al asunto, hemos vuelto a París y las cosas siguen igual que antes, ¿cierto que es así? —dijo con una serenidad cortante, refiriéndose a que su oportunidad había terminado y a que, ahora más que nunca, debía mantenerlo lejos. Su insistencia tenía un porqué, uno oscuro y desagradable, y cuanto más pensaba en ello, más repulsión le causaba—. ¿Hay algo más? Caleb guardó silencio apenas unos segundos. Fue poco tiempo, pero suficiente para que Emma notara cómo tragaba el golpe, cómo intentaba reorganizarse por dentro y re
Leer más