Emma llegó a la empresa en su Rolls-Royce y, apenas bajó del auto, una sensación conocida le aflojó un poco el pecho. Todo lucía tal como lo recordaba. La fachada impecable, el movimiento eficiente del personal, el ritmo elegante y exigente que siempre marcaba aquel lugar. Durante un instante, solo durante uno, sintió alivio. Estar de vuelta en su trabajo le hacía bien. Era el único sitio donde podía ordenar la mente a la fuerza, porque ahí no había espacio para desmoronarse; ahí había decisiones, números, reuniones, estrategia. Ahí podía respirar sin pensar demasiado. O eso quiso creer. Entró a su oficina con paso firme, pero la calma le duró apenas unos segundos. Sobre el escritorio, ocupando el centro como si tuviera derecho a hacerlo, había un arreglo de rosas rojas.
Leer más