Usted es mi problema en este momento.
Antes de que Caleb alcanzara a convertir aquella sospecha en una frase completa, Emma dejó el bolígrafo sobre el escritorio y lo miró sin expresión.
Porque si se permitía una sola grieta, si dejaba que el asco, la decepción o la rabia asomaran apenas un poco, Caleb podría leer demasiado.
Y Emma ya no podía permitirse errores así.
—Caleb, no te molestes en darle vueltas al asunto, hemos vuelto a París y las cosas sigu