No me digas...

El perfume de Damián envolvió a Emma de golpe, exquisito, costoso y demasiado familiar.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Su respiración rozaba el cabello de Emma, mientras sus manos le acariciaban apenas la espalda y, por un instante que la irritó reconocer, una sensación de calma se coló en su cuerpo al mismo tiempo que las piernas parecían perder fuerza. ‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Fue solo un segundo, uno mínimo y traidor, pero bastó para descolocarla, porque su cuerpo no tenía derecho a recordar na
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