Un escalofrío le recorrió la espalda al escucharlo. Tal vez por las palabras, tal vez por lo cerca que estaban, tal vez porque le irritaba que él siguiera hablando de ellos como si todavía hubiera algo a lo que regresar. Fuera cual fuera la razón, Emma la escondió detrás de un ceño fruncido. —Damián, basta, pasa la página, ¿quieres mi perdón? Vale, te perdono, pero para de hablar de mí o de nosotros cada vez que tienes oportunidad, lo único que nos une es nuestro hijo, no vas a obtener nada más de mí, nuestro matrimonio terminó hace años. ¿No me ves? Sin ti estoy mejor. Lo dijo sin darle tiempo a interrumpirla y, sin esperar una respuesta de su parte, salió de la oficina sin mirar atrás, sin querer comprobar qué cara se le había quedado, sin regalarle ni un segundo más de sí misma. Apenas cerró la puerta tras de sí, tomó una bocanada de aire profunda con la intención de calma
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