Emma se quedó sin palabras, y no porque fuera fácil impresionarla, sino porque el gesto de Caleb no tenía nada de espectáculo. Era una joya hermosa, sí, pero sobre todo era… pensada. Sencilla en el modo exacto en que lo sencillo termina siendo peligroso, porque no te permite esconderte detrás de la excusa de “solo es por cortesía”. La caja color guinda seguía abierta sobre la mesa, y el colgante brillaba con la luz suave del crucero como si no supiera la clase de caos que podía provocar en una mujer que llevaba años sobreviviendo con el corazón en modo defensa. —Caleb, no debiste molestarte —dijo al fin, con una pena que le salió real. Solo un hombre le había regalado joyas en toda su vida y ese había sido su padre. Lo demás siempre habían sido promesas, discursos, títulos. Cosas que se dicen y se rompen. Por eso, recibir algo así, tan íntimo, le desacomodó un lugar que
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