Emma apenas pudo probar bocado. Tenía el tenedor en la mano y la comida frente a ella, pero su cabeza estaba en otra parte, rebotando entre demasiadas cosas al mismo tiempo. Dante, el anuncio, el titular venenoso de la mañana, los planes nuevos de Peter que venían creciendo como una ola, y, por si fuera poco, el “periodista” cero discreto que seguía afuera, detrás del vidrio, fotografiando como si creyera que nadie dentro de la cafetería tenía ojos. Y lo peor era que ni siquiera intentaba disimular. Respiró lento, se obligó a tragarse la rabia con el té, y dejó que el silencio hiciera su parte hasta que la mesera desocupó la mesa. En cuanto quedaron solos con las tazas, Emma se inclinó apenas hacia Helen, lista para que continuara con la información. Sin embargo, antes de que Helen abriera la boca, Peter habló. —An
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