Emma no pudo evitar la incomodidad que se le instaló en el pecho al escuchar cómo Emmanuel se aferraba a Caleb con esa naturalidad que solo tienen los niños cuando se sienten a salvo, y lo llamaba con una confianza que no se cuestiona. Papá Caleb. ¿Desde cuándo le llamaba así? La palabra le sonó más grande que su hijo. Le sonó a costumbre, a rutina, a hogar. Y justo ahí, a pocos pasos, estaba Damián viendo la escena como si le hubieran encendido algo por dentro. Él miró con desdén a Caleb y Emma alcanzó a notar la tensión en sus músculos, el gesto duro en la mandíbula, esa forma suya de contenerse que siempre parecía a punto de romper. Caleb tomó en brazos a Emmanuel con facilidad, como si lo hubiera hecho mil veces, y le mostró la caja. —Hey, pequeño, ven aquí, mira lo que te traje.
Leer más