El aire en la pequeña capilla era denso. Julián estaba allí, encerrado en un ataúd de madera oscura, rodeado por un círculo íntimo de familiares y empleados que mantenían la cabeza baja. Todo había sucedido tan rápido, que el impacto aún se sentía en el ambiente. Apenas cuarenta y ocho horas antes, Julián estaba dando órdenes, y ahora, el silencio lo envolvía todo.Fuera de esos muros, el caos de la prensa acechaba como buitres, buscando cualquier rastro de debilidad en la dinastía Harroway, pero adentro, los sollozos de Ana rompían el silencio que las personas por respeto tenían. Ella sentía que el corazón le pesaba una tonelada y al mirar el féretro, una idea no dejaba de martillearle la cabeza: Julián se había ido sin llamar a Elena hija.—No tuvo tiempo de arrepentirse —susurró Ana para sí misma, con la voz rota, mientras tocaba la madera—. Se fue creyendo que el tiempo era infinito, y se llevó su orgullo intacto a la fosa.Le dolía pensar que su sobrina no llevaba el apellido fam
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