Dos días de encierro habían convertido la cabaña en una olla de presión con olor a humedad y tabaco rancio. Olivia caminaba como un animal enjaulado, y sus pasos rítmicos sobre la madera crujiente eran lo único que se escuchaba. Repetía el nombre de Elena entre dientes, con las manos apretadas en puños que le dejaban las uñas marcadas en las palmas. Julián, aunque desesperado por huir, intentaba mantener un rastro de lógica fría, revisando constantemente los alrededores por las rendijas de las