Esa noche, la mansión se sentía más fría que de costumbre. El silencio recorría los pasillos como una corriente de aire helado que recordaba la ausencia de Olivia. Olivia podía ser lo que Dante quisiera que fuera, pero la mujer hacía falta. Quizás era su histeria, o era su sombra deambulando. Quizás era sus órdenes o la risa al teléfono, pero hacía falta su sombra en la mansión.Karina, con muchísima paciencia, se encargó de acostar a Elena, velando su sueño inquieto hasta que, finalmente, la pequeña se rindió al agotamiento. Solo entonces, con el corazón encogido, volvió a la habitación con Dante, penumbra de la soledad.El dormitorio de Dante era un lugar amplio, de techos altos y muebles oscuros que esa noche parecían más imponentes, casi como si lo juzgaran por meter a Karina a su cama. Él estaba sentado al borde de la cama, con los hombros caídos y la mirada fija en un punto inexistente. Su mayor tormento era Elena; la niña no había probado bocado, se despertaba gritando en mitad
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