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El sol se ocultaba, tiñendo el cielo de un violeta profundo, cuando Karina estacionó su auto frente a la mansión de Dante. Al cruzar el umbral, el silencio sepulcral de los días anteriores fue reemplazado por un bullicio que le devolvió la paz: Dante estaba sentado en la alfombra del gran salón, rodeado de bloques de construcción, jugando con Leo y Elena. Karina sonrió y el corazón se le alegró.

Aunque Leo aún no sabía que Dante era su padre biológico, la conexión entre ambos era innegable y ca
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