La noche caía sobre la ciudad con una humedad pesada cuando Luciano detuvo su auto frente a la casa solo unos pocos días después. Ana estaba allí, esperándolo bajo la luz amarillenta de una farola, con el rostro hinchado por el llanto y el cabello desordenado por el viento. En cuanto Luciano bajó del vehículo, ella se interpuso en su camino, bloqueándole el acceso a la puerta principal.
—No tengo absolutamente nada que decirte, Ana —dijo Luciano con una frialdad gélida, sin siquiera mirarla a l