Dante cruzó el umbral de la mansión Ashworth con las piernas aún temblorosas y el pecho ardiendo, pero con una resolución que ningún veneno podría apagar. Apenas dos días después de rozar la muerte, ignorando las advertencias médicas y la alta voluntaria que firmó con mano errática, lo único que deseaba era mirar a los ojos a la mujer que dormía a su lado y enfrentarla de una vez por todas.
No la encontró llorando, ni rezando, ni esperándolo con ansias en la entrada. Olivia estaba en el salón p